sábado, 23 de febrero de 2013

¿A quien llegarán mis palabras?

¿A quien llegarán mis palabras 
que sobrevuelan por los paisajes de mi universo, 
surcando los océanos de mi memoria?


domingo, 17 de febrero de 2013

Toti Martínez de Lezea

Toti Martínez de Lezea es una escritora vasca, traductora de inglés, francés y alemán, guionista de televisión y actriz que nació en Vitoria en 1949.
Es la gran tejedora de la memoria vasca... una escritora que ha convertido la historia, las leyendas y el misterio en un refugio para miles de lectores. Su amor por la cultura y las tradiciones de su tierra fue un regalo de su padre, quien desde niña alimentó su imaginación con libros de mitología e historia.
Sus novelas buscan las historias de las vidas humanas que habitaron el pasado, demostrando que la mejor forma de entender quiénes somos es recordar de dónde venimos.







La otra historia

Soy mujer, y soy vasca, de la costa. No sé cuándo nací, hace mucho sin duda. Mi memoria se enturbia y apenas recuerdo el largo tiempo transcurrido en la cueva donde busqué cobijo junto a los míos. Descendimos siguiendo las aguas de los ríos y construimos nuestras chabolas de madera y barro a orillas de un mar iracundo a veces, siempre hermoso.
He sido autrigona, várdula, caristia, vascona, romana, normanda y también aquitana.
        He sido viuda y huérfana de pescadores, he visto morir a mis hombres, tragados por esa mar que tanto nos da, y tanto nos quita. He cosido redes hasta perder la vista y he limpiado pescado, que he puesto en salmuera y en escabeche. He cocido la ballena para extraer el saín, también he cocido sus huesos, y los he raspado y pulido para fabricar agujas y peines, corsés que aprisionan el talle, incluso muebles y vallas. He pasado la vida en los arenales, secando, salando, enfardando el bacalao y, en ocasiones, transportándolo en carros hacia el interior, y he recorrido largas distancias, los pies descalzos, la cesta en la cabeza, para vender el pescado.
No he sido marino ni pescador; no he sido descubridor, aventurero o corsario, pero sí batelera, gabarrera, sirguera, moza de carga y descarga en los muelles, armadora de barcos y comerciante.
        He cardado la lana de las ovejas, he hecho hilo en la rueca, tejido ropa de la casa, cosido la de toda la familia. Tengo sabañones en las manos de lavar en las frías aguas del río; he tendido la ropa al sol, la he encañonado, planchado. Me he ocupado de la huerta, de hacer el pan, ordeñar las vacas, batir la mantequilla, atender el gallinero, elaborar chorizos y morcillas, cocina y fregar.
        He sido obrera en las minas y en las fábricas, señora y criada, pobre y rica, monja, señora, hospitalera, partera, curandera, ferrona, prostituta, e incluso bandida.
        He amado y he sido amada por voluntad propia o, simplemente, porque el destino así lo ha dispuesto. Me han violado,  engañado, repudiado, abandonado, humillado. Aunque, todo hay que decirlo, en ocasiones también yo he sido infiel, egoísta, asesina, autoritaria.
        He empuñado las armas para defender mi libertad y he matado a mis retoños para que no fueran esclavos antes de darme yo misma la muerte. He visto matar y morir a mis hombres, padres, maridos, hermanos, hijos, en lucha contra el invasor. Yo también estaba allí, peleando, matando y muriendo. Pero, así mismo, los he visto combatir entre ellos por el honor mal entendido, por poder, por ambición, por nada, pues poco hay lo suficientemente importante que merezca una vida. A mí me ha tocado enterrarlos y llorar su pérdida.
        He sido madre y he parido y fallecido al dar a luz infinitas veces. Me han robado a mis criaturas recién nacidas; otras veces han muerto en mi vientre. Las he criado, a menudo sola, y he huido con ellas en busca de refugio cuando mi hogar ha sido destruido por las bombas o el fuego. He sido exiliada y emigrante,en tierras cercanas y lejanas, y no he vuelto. También he abandonado el lugar que me vio nacer y he venido aquí en busca del pan para mis hijos. He hecho mía esta tierra, pues es el suelo que piso, donde crío mis simientes, donde exhalaré el último aliento.
        He adorado a la diosa de los antiguos, y también a la madre de Cristo. Me han quemado viva, empozado, descuartizado por ser mujer, por creer y repetir lo aprendido de mi madre, quien a su vez lo aprendió de la suya; por no entender lo que me preguntaban. Me han perseguido por ser bruja, judía, gitana, pagana, herética, gamboína, oñacina, liberal, carlista, monárquica, republicana, de derechas, de izquierdas, por ser vasca.
        Me han prohibido estudiar, viajar, amar a otras mujeres, decidir sobre mi propio cuerpo y sobre mi vida.
        Millones de veces he contemplado la salida del sol por encima de las montañas y lo he visto ocultarse en la mar. He bailado al son del txistu y el tamboril, he repetido las antiguas leyendas y cantado viejas canciones de cuna. Me he sentado en la silla de la etxekoandre, y he visto crecer a mis hijos e hijas, a mis nietos y a mis bisnietos; los he visto hacerse hombres y mujeres de bien, también de mal, pues la simiente es la misma, pero la raíz sale a veces torcida.
        He conservado la herencia de los antepasados mientras mis hombres desaparecían en busca de la ballena, embarcados en la aventura, o inmersos en guerras ajenas. He mantenido la hacienda familiar; me he ocupado de la casa, de los hijos, los ancianos, los enfermos, las huertas y los animales. He sido arrinconada y alejada de las fuentes del saber y, no obstante, he transmitido la lengua, la palabra, el aprendizaje no escrito, las creencias, la tradición. He trabajado durante toda mi vida y he preservado y legado lo mejor de mí misma.
        Continúo aquí, al igual que el roble cuyas raíces se hunden en lo más profundo y que extiende sus ramas hacia el cielo. Soy el comienzo y seré el final. He reído y he llorado, pero ante todo he amado, y amo, este rincón del mundo junto al mar donde vivo, y muero.








sábado, 2 de febrero de 2013

Pedro César Dominici


Pedro César Dominici fue un escritor y diplomático venezolano que nació en Carúpano (estado Sucre de Venezuela) el 18 de febrero de 1873. Fue el gran aristócrata de la decadencia y la belleza en las letras venezolanas, un escritor que vistió a la prosa de su país con los ropajes del lujo, el mito y la melancolía europea, ejerciéndo como el perfecto intelectual cosmopolita y diplomático de entresiglos.
Hijo de un prestigioso jurista, el joven Pedro César comenzó sus estudios superiores en la Universidad Central de Venezuela, sin embargo, la frialdad de los números no pudo competir con el imán de la literatura... pronto entendió que su verdadera vocación era moldear las palabras con la misma obsesión con la que un escultor trabaja el mármol, lo que lo llevó años más tarde a París para doctorarse en Filosofía.
Su vida transcurrió en un constante viaje. Su impecable carrera diplomática lo llevó a vivir y representar a su nación en plazas como Londres, Madrid, Roma, París, Santiago de Chile y Buenos Aires.
Pedro César Dominici cerró los ojos definitivamente el 23 de agosto de 1954 en Buenos Aires, a los 81 años de edad. Murió lejos del calor de Carúpano, pero habiendo cumplido la misión más noble de un escritor de su tiempo... demostrar que la literatura venezolana podía dialogar de igual a igual con las corrientes más universales de la tierra. Fue el hombre que nos enseñó que la belleza, por muy triste o voluptuosa que sea, es el único refugio que desafía al olvido.






Sólo el que vive de rodillas
ve gigantes a sus enemigos.