martes, 18 de agosto de 2026

Francesc Miralles


Francesc Miralles es uno de los autores de transformación personal, psicología y espiritualidad más influyentes y traducidos del mundo. Nacido en Barcelona el 27 de agosto de 1968, este escritor, ensayista, traductor y músico ha logrado convertir conceptos de filosofías orientales en auténticos fenómenos de masas globales, acumulando millones de ejemplares vendidos en más de 60 países.
Miralles compagina su producción de libros con conferencias en los cinco continentes y colaboraciones periodísticas habituales sobre psicología y espiritualidad.
Con la curiosidad del viajero incansable y la delicadeza de quien compone un haiku en mitad del caos, ha convertido la literatura en un bálsamo universal para las almas perdidas en la prisa del siglo XXI. Dejó atrás el ruido de las oficinas y los corsés académicos para enseñarnos que el verdadero éxito consiste en descubrir qué es aquello que hace que nuestros ojos brillen al despertar cada mañana y a través de sus palabras actúa como un sherpa emocional para hacernos entender que la felicidad… es un pequeño milagro cotidiano que se esconde en los detalles más diminutos del camino.






Lo grande se construye desde lo pequeño. Cada acto, cada palabra, cada pensamiento cuenta.




Alejandra Pizarnik

Flora Alejandra Pizarnik fue una poeta, ensayista y traductora argentina que nació en Avellaneda (Argentina) el 29 de abril de 1936 y falleció el 25 de septiembre de 1972. Su poesía, como un espejo roto, refleja las partes más íntimas del alma: la soledad, la muerte, el amor, y la búsqueda incesante de la identidad. Escribía con una intensidad que parecía buscar algo más allá de las palabras, como si cada verso fuera una grieta en la realidad, un espacio donde asomarse al vacío que la habitaba.
Desde joven, Pizarnik sintió la necesidad de escribir, y en 1955, con tan solo 19 años, publicó su primer libro. Su obra poética es una danza constante entre la autenticidad y la expresión, un intento de sacar a la luz aquello que permanece en las sombras del ser. Cada poema suyo parece llevarnos a ese lugar donde las emociones son tan crudas y verdaderas que rozan lo inefable.
Pero Pizarnik no se limitó a la poesía. También incursionó en la prosa, dejando ensayos y diarios que nos muestran las profundidades de su pensamiento, sus obsesiones y sus angustias. Estos escritos nos permiten entrever a una mujer en constante lucha con sus demonios internos, una lucha que a menudo se refleja en sus versos cargados de introspección.
A lo largo de su vida, Alejandra se enfrentó a una batalla contra la depresión, una sombra que está presente en muchos de sus poemas. Esa tristeza que se filtra entre sus líneas es a la vez devastadora y hermosa, porque en su sufrimiento ella supo encontrar una verdad que pocos se atreven a mirar de frente. Lamentablemente, esa misma oscuridad la llevó a quitarse la vida a los 36 años, dejando un vacío en la literatura argentina.
Sin embargo, su legado sigue vivo. Pizarnik es, y siempre será, una poeta cuya obra resuena con quienes han sentido la fragilidad de la existencia, la incomodidad del silencio interior, y la belleza oculta en el dolor. Leerla es sumergirse en un mar de emociones profundas, en el que cada palabra es una llave a lo desconocido, una invitación a explorar los misterios del alma.






Cúrame del vacío




Escribes poemas
porque necesitas un lugar
en donde sea lo que no es.




Alguna vez de un costado de la luna,
verás caer los besos que brillan en mí.
Más allá del olvido.




Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.




Soy mujer.
Y un entrañable calor me abriga
cuando el mundo me golpea.
Es el calor de las otras mujeres,
de aquellas que no conocí,
pero forjaron un suelo común,
de aquellas que amé aunque no me amaron,
de aquellas que hicieron de la vida
este rincón sensible, luchador,
de piel suave y tierno corazón guerrero.



Y tendremos lejos los relojes y no nombraremos al tiempo. Y haré poemas que iluminarán todos los silencios.



Su sonrisa atraviesa paredes y distancias...



Alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va.



Alguna vez volveremos a ser



Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.



Que bellezas guardan aquellos que no encuentran su lugar entre tanta gente; no es soledad, es un privilegio no encajar.



Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.



A veces también se me acaban las sonrisas para ti, a veces también se me acaban las ganas de escribirte. Pero te amo, ojalá lo entiendas, siempre te amo, pero a veces mis abrazos no tienen calor y mi boca no sabe que decir.



Escribir un poema es reparar la herida fundamental, el desgarro. Porque todos estamos heridos.



Nada más intenso que el terror de perder la identidad.



Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aún muerta te seguiría buscando, a ti, que fuiste el lugar del amor.




miércoles, 12 de agosto de 2026

Carlos Pellicer

Carlos Pellicer Cámara fue un escritor, poeta y político mexicano que nació el 16 de enero de 1899 en San Juan Bautista (Tabasco, México) y falleció el 16 de febrero de 1977 en Ciudad de México.









¿Qué harás?
¿En qué momento tus ojos
pensarán en mis caricias?
¿Y frente a cuales cosas,
de repente, dejarás,
en silencio, una sonrisa?




Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.




En una de esas tardes
sin más pintura que la de mis ojos,
te desnudé
y el viaje de mis manos y mis labios
llenó todo tu cuerpo de rocío.




Nada nos hiere tanto
como hallar una flor sepultada
en las páginas de un libro.
La lectura calla;
y en nuestros ojos,
lo triste del amor
humedece la flor
de una antigua ternura.




Tu cuerpo es el país de las caricias,
en donde yo, viajero desolado
- todo el itinerario de mis besos -
paso el otoño para no morirme,
sin conocer el valor de tu ausencia
como un diamante oculto en lo más triste.



Yo había puesto
encima de mi pecho,
un pequeño letrero que decía:
"Cerrado por demolición".
Y aquí me tiene usted pintando las paredes,
abriendo las ventanas,
adornando la mesa con la flor amarilla
con que paga el otoño sus encantos.




Caroline Fourest


Caroline Fourest es una de las intelectuales, ensayistas y periodistas más influyentes, combativas y polarizadoras de la Francia contemporánea. Firme defensora de un feminismo combativo, los derechos LGBT y un laicismo universal, Fourest ha hecho de la trinchera mediática su hábitat natural, enfrentándose con igual ferocidad tanto a la extrema derecha política como a los fundamentalismos religiosos de cualquier signo.
Nació el 19 de septiembre de 1975 en Aix-en-Provence, Francia y atraída desde muy joven por los mecanismos del poder y la comunicación, se trasladó a París, donde se diplomó en Historia y Sociología.
La figura de Fourest cobró relevancia internacional durante sus años como columnista en el semanario satírico Charlie Hebdo y el diario Le Monde, pero además compagina las aulas (ha ejercido como profesora en el Instituto de Estudios Políticos de París) con el cine, dirigiendo documentales de corte político y social, dando el salto posteriormente a la dirección de cine de ficción.
En una época de verdades fragmentadas y trincheras sordas, ella ha decidido levantar la voz en mitad de la tormenta para rescatar el valor del pensamiento ilustrado y el derecho universal a la disidencia. Se ha convertido en una sombra incómoda para los fanáticos de cualquier dogma y en un faro lúcido para quienes se niegan a silenciar la razón, y nos enseña como sostener firmemente la mirada frente a la ceguera del mundo.





Vivimos en un mundo rabiosamente paradójico, donde la libertad de odiar jamás ha estado tan fuera de control en las redes sociales, pero la libertad de hablar y pensar jamás ha estado tan vigilada en la vida real.






El cuerpo donde habito | Microcuentos


El cuerpo donde habito es un libro de microcuentos que se van escribiendo desde la piel, el sueño y la memoria. Cada uno es una grieta por la que entra la luz, una palabra que se atreve a decir lo que muchas veces se calla.
A través de ellos recorreré el cuerpo como territorio, la herida como aprendizaje, el amor como refugio y la identidad como acto consciente. Hay silencio, deseo, resistencia y ternura... hay mujeres que caminan, que aman, que se nombran y que se quedan.
Este es un libro para leerse despacio, como quien se reconoce en un espejo... porque habitar el cuerpo también es una forma de escribir el mundo.



I. EL DESPERTAR

1.
Soñé que mi nombre flotaba sobre el agua.
Cada vez que alguien lo pronunciaba, el lago cambiaba de color y yo aprendía a respirar debajo.

SsJ



2.
La noche me habló con voz de mujer antepasada.
Me dijo que no tuviera miedo de la oscuridad, porque allí también nacen las flores.

SsJ



3.
Crecí dentro de una casa hecha de relojes rotos.
Por eso aprendí pronto que el tiempo no siempre avanza... a veces simplemente recuerda.



4.
Había pájaros viviendo en mi pecho.
No cantaban, pero batían las alas cada vez que el mundo intentaba encerrarme.


5.
El sueño se me quedó corto y tuve que inventar otro.


6.
Me dormí siendo una y desperté siendo muchas.
Todas yo.
Todas vivas.


7.
Las palabras se me caían de las manos y germinaban en el suelo.
Nadie entendía por qué el jardín hablaba.


8.
El día abrió los ojos a la vez que yo.
Durante un instante, nadie supo quién despertaba a quién.


9.
La lluvia cayó sobre la ciudad
como si alguien estuviera intentando borrar el pasado,
pero hay recuerdos que no se disuelven en el agua.


10.
Abrí la ventana para que entrara el viento
y se llevó tus palabras.



11.
Guardé tu recuerdo en el lugar más profundo del pecho.
A veces, cuando respiro muy despacio, todavía puedo oírlo.


12.
Guardé mis sueños en frascos de cristal.
Algunos aún laten esperando la noche.


13.
La ciudad dormía y yo caminaba dentro de un poema que nadie había escrito.


14.
La lluvia cayó durante horas sobre la ciudad.
Apagué la luz, pero la noche ya estaba dentro.


15.
Dos mujeres se besaban en mitad de la calle.
La ciudad, por un instante, dejó de fingir que no entendía el amor.



II. LA HERIDA

16.
Nos miramos sabiendo que el mundo no estaba hecho para nosotras.
Aun así, nos quedamos y seguimos bailando.



17.
Había un bosque creciendo en mi espalda.
Nadie me enseñó a cuidarlo pero aun así, floreció.


18.
La noche me cosió los párpados con hilos de sombra y silencio para que dejara de buscarte en el vacío de la habitación.


19.
Escribí mi historia con tinta invisible en el reverso de tus cartas.
Cada vez que las leas estarás sosteniendo todo aquello que nunca me atreví a decirte.



20.
El viento me contó secretos,
me habló de ciudades que nadie ha visitado
y de nombres que ya no pertenecen a nadie,
dejándome los oídos llenos de un polvo que sabe a olvido.


21.
Las cicatrices se me abrieron como pétalos de una flor nocturna
que solo florece en el olvido.
Eran las costuras de mi alma cediendo ante la belleza,
eco de tus promesas que naufragan contra las rocas de mi memoria.


22.
Hay noches en las que el silencio pesa tanto
que una podría jurar que el mundo se ha detenido.
Solo el recuerdo de tu voz devuelve al universo
el pulso para seguir girando.


23.
Nos quisimos como se quieren las tormentas:
sin pedir permiso,
sin medir las consecuencias,
entregándonos al estruendo sabiendo, desde el primer relámpago,
que el único destino posible era el naufragio.



24.
El invierno llegó temprano aquel año.
Las calles se llenaron de frío
y mi corazón de preguntas
que ya no tenían tu voz para responderlas.



25.
Recorrí tantos mapas ajenos
que terminé tropezando conmigo misma.


26.
Abrí la puerta esperando silencio
y me abrazó una vida entera respirando al otro lado.


27.
Me senté a esperar que algo pasara
hasta que entendí que ya estaba ocurriendo.


28.
La noche cayó sobre la ciudad en guerra
mientras caminaba descalza sobre la tierra húmeda. Desde entonces, cada paso me recuerda un nombre.


29.
Me dijeron que esperara...
Elegí moverme.


30.
Cada otoño el árbol perdía las hojas.
Nadie sabía que también
dejaba caer los recuerdos.
Por eso cada primavera volvía a florecer.




III. LA REVELACIÓN

31.
Inventé un idioma
donde la lluvía escribía los verbos
y las montañas respondían con ecos.



32.
Mientras dormía,
alguien cosió la luz con hilo de luna
y cambio de sitio mis inviernos.



33.
La descubrí el día que dejé de cerrar los ojos.
No iluminaba el mundo,
iluminaba el camino de regreso
y hacía florecer la noche.