jueves, 17 de septiembre de 2026

El cuerpo donde habito | Microcuentos


El cuerpo donde habito es un libro de microcuentos que se van escribiendo desde la piel, el sueño y la memoria. Cada uno es una grieta por la que entra la luz, una palabra que se atreve a decir lo que muchas veces se calla.
A través de ellos recorreré el cuerpo como territorio, la herida como aprendizaje, el amor como refugio y la identidad como acto consciente. Hay silencio, deseo, resistencia y ternura... hay mujeres que caminan, que aman, que se nombran y que se quedan.
Este es un libro para leerse despacio, como quien se reconoce en un espejo... porque habitar el cuerpo también es una forma de escribir el mundo.



I. EL DESPERTAR

1.
Soñé que mi nombre flotaba sobre el agua.
Cada vez que alguien lo pronunciaba, el lago cambiaba de color y yo aprendía a respirar debajo.

SsJ



2.
La noche me habló con voz de mujer antepasada.
Me dijo que no tuviera miedo de la oscuridad, porque allí también nacen las flores.

SsJ



3.
Crecí dentro de una casa hecha de relojes rotos.
Por eso aprendí pronto que el tiempo no siempre avanza... a veces simplemente recuerda.



4.
Había pájaros viviendo en mi pecho.
No cantaban, pero batían las alas cada vez que el mundo intentaba encerrarme.


5.
El sueño se me quedó corto y tuve que inventar otro.


6.
Me dormí siendo una y desperté siendo muchas.
Todas yo.
Todas vivas.


7.
Las palabras se me caían de las manos y germinaban en el suelo.
Nadie entendía por qué el jardín hablaba.


8.
El día abrió los ojos a la vez que yo.
Durante un instante, nadie supo quién despertaba a quién.


9.
La lluvia cayó sobre la ciudad
como si alguien estuviera intentando borrar el pasado,
pero hay recuerdos que no se disuelven en el agua.


10.
Abrí la ventana para que entrara el viento
y se llevó tus palabras.



11.
Guardé tu recuerdo en el lugar más profundo del pecho.
A veces, cuando respiro muy despacio, todavía puedo oírlo.


12.
Guardé mis sueños en frascos de cristal.
Algunos aún laten esperando la noche.


13.
La ciudad dormía y yo caminaba dentro de un poema que nadie había escrito.


14.
La lluvia cayó durante horas sobre la ciudad.
Apagué la luz, pero la noche ya estaba dentro.


15.
Dos mujeres se besaban en mitad de la calle.
La ciudad, por un instante, dejó de fingir que no entendía el amor.



II. LA HERIDA

16.
Nos miramos sabiendo que el mundo no estaba hecho para nosotras.
Aun así, nos quedamos y seguimos bailando.



17.
Había un bosque creciendo en mi espalda.
Nadie me enseñó a cuidarlo pero aun así, floreció.


18.
La noche me cosió los párpados con hilos de sombra y silencio para que dejara de buscarte en el vacío de la habitación.


19.
Escribí mi historia con tinta invisible en el reverso de tus cartas.
Cada vez que las leas estarás sosteniendo todo aquello que nunca me atreví a decirte.



20.
El viento me contó secretos,
me habló de ciudades que nadie ha visitado
y de nombres que ya no pertenecen a nadie,
dejándome los oídos llenos de un polvo que sabe a olvido.


21.
Las cicatrices se me abrieron como pétalos de una flor nocturna
que solo florece en el olvido.
Eran las costuras de mi alma cediendo ante la belleza,
eco de tus promesas que naufragan contra las rocas de mi memoria.


22.
Hay noches en las que el silencio pesa tanto
que una podría jurar que el mundo se ha detenido.
Solo el recuerdo de tu voz devuelve al universo
el pulso para seguir girando.


23.
Nos quisimos como se quieren las tormentas:
sin pedir permiso,
sin medir las consecuencias,
entregándonos al estruendo sabiendo, desde el primer relámpago,
que el único destino posible era el naufragio.



24.
El invierno llegó temprano aquel año.
Las calles se llenaron de frío
y mi corazón de preguntas
que ya no tenían tu voz para responderlas.



25.
Recorrí tantos mapas ajenos
que terminé tropezando conmigo misma.


26.
Abrí la puerta esperando silencio
y me abrazó una vida entera respirando al otro lado.


27.
Me senté a esperar que algo pasara
hasta que entendí que ya estaba ocurriendo.


28.
La noche cayó sobre la ciudad en guerra
mientras caminaba descalza sobre la tierra húmeda. Desde entonces, cada paso me recuerda un nombre.


29.
Me dijeron que esperara...
Elegí moverme.


30.
Cada otoño el árbol perdía las hojas.
Nadie sabía que también
dejaba caer los recuerdos.
Por eso cada primavera volvía a florecer.




III. LA REVELACIÓN

31.
Inventé un idioma
donde la lluvía escribía los verbos
y las montañas respondían con ecos.



32.
Mientras dormía,
alguien cosió la luz con hilo de luna
y cambio de sitio mis inviernos.



33.
La descubrí el día que dejé de cerrar los ojos.
No iluminaba el mundo,
iluminaba el camino de regreso
y hacía florecer la noche.



34.
Una mujer venía cada martes
y siempre pedía café para dos.
Desde entonces
los martes me saben a espera,
mientras fuera llueve
y la taza sigue humeando.



35.
Tenía una caja llena de billetes de tren,
fotografías y llaves que no abrían ninguna puerta. 
Recuerdos...
pequeñas formas de regresar
sin tener que volver.



36.
Me dejaba notas dentro de los libros.
En una ponía "página 47",
otra "mira por la ventana"
y otra simplemente decía... "quédate".



37.
Mi vecina tenía un jardín
donde solo crecían plantas
que habían sido rechazadas en otros jardines.
Allí había rosas sin olor,
árboles torcidos
y una higuera que nunca daba higos.



38.
La guerra llegó a nuestras vidas
sin tanques ni soldados.
Primero desaparecieron las flores de los balcones,
después los nombres de las calles,
las personas dejaron de saludar a sus vecinos.
Cuando quise marcharme...
descubrí que también
habían desaparecido los caminos.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

J. D. Salinger


J. D. Salinger fue el gran fantasma de la literatura estadounidense del siglo XX, un escritor que alcanzó un éxito monumental y sísmico para luego atrincherarse en el silencio absoluto. Su novela cumbre se convirtió en el manifiesto definitivo de la alienación juvenil, la rebeldía y el desencanto, transformando a su protagonista en el espejo de millones de adolescentes de todo el planeta, sin embargo… Salinger decidió que la única forma de proteger su pureza artística era desaparecer de la vida pública.
Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York, en el seno de una acomodada. Su infancia transcurrió en elegantes apartamentos de Park Avenue, pero su carácter esquivo, cínico e hiperbólico ya le causaba problemas en las aulas, siendo enviado a la Academia Militar de Valley Forge. Allí, escondido bajo las sábanas con una linterna, comenzó a redactar sus primeros relatos cortos de noche.
Tras pasar por varias universidades sin graduarse, su vida sufrió una fractura irreversible con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Salinger se alistó en el ejército y desembarcó en la playa de Utah el Día D, participando en algunas de las batallas más sangrientas del frente europeo, incluida la liberación de los campos de concentración nazis. El impacto psicológico y el horror de la guerra lo llevaron a sufrir una severa crisis nerviosa (estrés postraumático) por la que tuvo que ser hospitalizado en Alemania. Durante toda la campaña militar, Salinger llevó consigo en su mochila los borradores de una novela que cambiaría su destino.
Aterrado por la fama, acosado por los periodistas y obsesionado con que la atención pública hacia su persona contaminaba la lectura de sus textos, Salinger tomó una decisión radical en 1953… compró una granja aislada en mitad de los bosques de Cornish, Nuevo Hampshire, y levantó una valla en torno a su vida.
Pasó las siguientes cinco décadas recluido en un búnker de silencio, entregado al misticismo oriental, el budismo zen y la escritura diaria, pero prohibiendo estrictamente que se publicara una sola línea más de su trabajo. Rechazó ofertas millonarias de Hollywood y persiguió judicialmente en los tribunales a cualquiera que intentara publicar biografías o cartas suyas no autorizadas. Protegido por sus vecinos y su hermetismo, el gran misterio de las letras norteamericanas se apagó el 27 de enero de 2010, a los 91 años.
J. D. Salinger entendió que la única forma de salvar a Holden Caulfield de la voracidad del mundo era esconderse con él en la penumbra de los bosques de Nuevo Hampshire. El guardián definitivo de la inocencia apagó su máquina de escribir dejando una herencia blindada contra el tiempo y un puñado de páginas inmortales que siguen dándonos la mano en mitad de la noche.





Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que se ha sentido confundida y asustada e incluso asqueada por el comportamiento humano. No estás solo en ese sentido, te emocionará y estimulará saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan perturbados moral y espiritualmente como ustedes lo están ahora. Felizmente, algunos de ellos llevaban un registro de sus problemas. Aprenderás de ellos, si quieres. Al igual que un día, si tienes algo que ofrecer, alguien aprenderá algo de ti. Es un hermoso arreglo recíproco. Y no es educación. Es historia. Es poesía.






miércoles, 26 de agosto de 2026

Brian Aldiss


Brian Aldiss fue uno de los arquitectos de la ciencia ficción moderna y líder de la New Wave (Nueva Ola) británica. A diferencia de los autores clásicos de la "Edad de Oro" (enfocados en naves espaciales y tecnologías precisas), Aldiss revolucionó el género al dotarlo de un profundo valor literario, experimentación estilística, psicología y especulación filosófica. A lo largo de sus más de sesenta años de carrera, demostró que la ciencia ficción no era un subgénero menor, sino el territorio ideal para explorar las luces y sombras de la condición humana.
Brian Wilson Aldiss nació el 18 de agosto de 1925 en East Dereham, Norfolk (Inglaterra). Sintiéndose poco querido por su madre, fue enviado a los seis años a un internado rígido del que intentaba evadirse devorando cómics y revistas pulp estadounidenses… aquellos relatos encendieron en él una imaginación desbordante.
En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, fue llamado a filas y se unió al cuerpo de la Royal Signals. El ejército lo destinó a Birmania, India y Sumatra, donde combatió en entornos selváticos indómitos. El impacto psicológico de la guerra, el aislamiento tropical y el choque cultural con Oriente marcaron su madurez a fuego y se convirtieron en la base de las atmósferas exóticas y alienígenas de sus futuras novelas.
Nombrado Gran Maestro por la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de EE. UU. (SFWA) en 1999 y Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) por sus servicios a la literatura en 2005, Brian Aldiss continuó escribiendo, pintando y editando antologías hasta el final de sus días. Falleció en su hogar de Oxford el 19 de agosto de 2017, apenas un día después de celebrar su 92.º cumpleaños.
Fue el capitán que guió a la ciencia ficción hacia su mayoría de edad, despojándola de sus trajes espaciales toscos para vestirla con la alta costura de la poesía y la filosofía. Su nave estelar se detuvo definitivamente en Oxford pero sus mundos de selvas voraces, centenarios de hielo y niños mecánicos que sueñan con el amor siguen girando en el espacio infinito de nuestras librerías.






Un mundo saturado de gente es el lugar ideal para sentirse solo.






Martin Amis


Martin Amis fue el gran enfant terrible de las letras británicas contemporáneas, un novelista feroz que aportó una sensibilidad de estrella del rock y una sátira despiadada a la literatura de finales del siglo XX. Su estilo barroco, su humor negro y su obsesión por retratar los excesos, la ordinariez y el vacío moral del capitalismo tardío occidental lo convirtieron en la voz que definió toda una época literaria.
Martin Louis Amis nació el 25 de agosto de 1949 en Oxford, Inglaterra. No era un recién llegado cualquiera al mundo de las letras… era hijo del célebre escritor y poeta satírico Kingsley Amis. Crecer bajo la sombra de un padre tan influyente —con quien mantuvo una relación de competitividad y profundo amor intelectual toda su vida— marcó el norte de su destino.
Fue su madrastra, la también novelista Elizabeth Jane Howard, quien le salvó de la apatía leyéndole a Jane Austen y encendiendo su vocación.
En sus últimos años, trasladó su residencia a los Estados Unidos junto a su esposa, la escritora Isabel Fonseca. El 19 de mayo de 2023, la voz más afilada del Reino Unido se apagó para siempre en Lake Worth, Florida, a los 73 años.
Martin Amis se marchó de este mundo dejando claro que el lenguaje es una descarga eléctrica destinada a despertarnos del sopor cotidiano… fue el cirujano que diseccionó la vulgaridad de nuestra era con un bisturí de oro.





El primer día tras una muerte, la ausencia nueva siempre es la misma; deberíamos ser cuidadosos los unos con los otros (...) cuando aún hay tiempo.








martes, 18 de agosto de 2026

Francesc Miralles


Francesc Miralles es uno de los autores de transformación personal, psicología y espiritualidad más influyentes y traducidos del mundo. Nacido en Barcelona el 27 de agosto de 1968, este escritor, ensayista, traductor y músico ha logrado convertir conceptos de filosofías orientales en auténticos fenómenos de masas globales, acumulando millones de ejemplares vendidos en más de 60 países.
Miralles compagina su producción de libros con conferencias en los cinco continentes y colaboraciones periodísticas habituales sobre psicología y espiritualidad.
Con la curiosidad del viajero incansable y la delicadeza de quien compone un haiku en mitad del caos, ha convertido la literatura en un bálsamo universal para las almas perdidas en la prisa del siglo XXI. Dejó atrás el ruido de las oficinas y los corsés académicos para enseñarnos que el verdadero éxito consiste en descubrir qué es aquello que hace que nuestros ojos brillen al despertar cada mañana y a través de sus palabras actúa como un sherpa emocional para hacernos entender que la felicidad… es un pequeño milagro cotidiano que se esconde en los detalles más diminutos del camino.






Lo grande se construye desde lo pequeño. Cada acto, cada palabra, cada pensamiento cuenta.




Alejandra Pizarnik

Flora Alejandra Pizarnik fue una poeta, ensayista y traductora argentina que nació en Avellaneda (Argentina) el 29 de abril de 1936 y falleció el 25 de septiembre de 1972. Su poesía, como un espejo roto, refleja las partes más íntimas del alma: la soledad, la muerte, el amor, y la búsqueda incesante de la identidad. Escribía con una intensidad que parecía buscar algo más allá de las palabras, como si cada verso fuera una grieta en la realidad, un espacio donde asomarse al vacío que la habitaba.
Desde joven, Pizarnik sintió la necesidad de escribir, y en 1955, con tan solo 19 años, publicó su primer libro. Su obra poética es una danza constante entre la autenticidad y la expresión, un intento de sacar a la luz aquello que permanece en las sombras del ser. Cada poema suyo parece llevarnos a ese lugar donde las emociones son tan crudas y verdaderas que rozan lo inefable.
Pero Pizarnik no se limitó a la poesía. También incursionó en la prosa, dejando ensayos y diarios que nos muestran las profundidades de su pensamiento, sus obsesiones y sus angustias. Estos escritos nos permiten entrever a una mujer en constante lucha con sus demonios internos, una lucha que a menudo se refleja en sus versos cargados de introspección.
A lo largo de su vida, Alejandra se enfrentó a una batalla contra la depresión, una sombra que está presente en muchos de sus poemas. Esa tristeza que se filtra entre sus líneas es a la vez devastadora y hermosa, porque en su sufrimiento ella supo encontrar una verdad que pocos se atreven a mirar de frente. Lamentablemente, esa misma oscuridad la llevó a quitarse la vida a los 36 años, dejando un vacío en la literatura argentina.
Sin embargo, su legado sigue vivo. Pizarnik es, y siempre será, una poeta cuya obra resuena con quienes han sentido la fragilidad de la existencia, la incomodidad del silencio interior, y la belleza oculta en el dolor. Leerla es sumergirse en un mar de emociones profundas, en el que cada palabra es una llave a lo desconocido, una invitación a explorar los misterios del alma.






Cúrame del vacío




Escribes poemas
porque necesitas un lugar
en donde sea lo que no es.




Alguna vez de un costado de la luna,
verás caer los besos que brillan en mí.
Más allá del olvido.




Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.




Soy mujer.
Y un entrañable calor me abriga
cuando el mundo me golpea.
Es el calor de las otras mujeres,
de aquellas que no conocí,
pero forjaron un suelo común,
de aquellas que amé aunque no me amaron,
de aquellas que hicieron de la vida
este rincón sensible, luchador,
de piel suave y tierno corazón guerrero.



Y tendremos lejos los relojes y no nombraremos al tiempo. Y haré poemas que iluminarán todos los silencios.



Su sonrisa atraviesa paredes y distancias...



Alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va.



Alguna vez volveremos a ser



Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.



Que bellezas guardan aquellos que no encuentran su lugar entre tanta gente; no es soledad, es un privilegio no encajar.



Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.



A veces también se me acaban las sonrisas para ti, a veces también se me acaban las ganas de escribirte. Pero te amo, ojalá lo entiendas, siempre te amo, pero a veces mis abrazos no tienen calor y mi boca no sabe que decir.



Escribir un poema es reparar la herida fundamental, el desgarro. Porque todos estamos heridos.



Nada más intenso que el terror de perder la identidad.



Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo y aún muerta te seguiría buscando, a ti, que fuiste el lugar del amor.