jueves, 29 de octubre de 2026

Escribo...


Escribo para desordenar el mundo,
para abrir las habitaciones cerradas,
las ventanas que nunca dieron al mar.

Escribo sobre lo que no sucede,
que a veces es la forma más exacta
de contar lo que nos pasa.

Escribo sobre mujeres que se besan
en el reverso de los calendarios,
sobre ciudades que sueñan con ser árboles,
sobre el amor,
ese animal sin jaula
que se alimenta de libertad.

A veces escribo al margen,
en el borde de las páginas
para que la tristeza sea un pez
nadando dentro de una bombilla.

Otras veces me salgo del renglón,
me salto la cordura,
le cambio el sentido a las agujas
y pongo a girar los relojes
alrededor de una palabra desnuda.


Escribo y las palabras se descalzan,
se tumban sobre la mesa,
se besan a escondidas y hacen el amor.

Escribo porque llevo
un universo desabrochado debajo de la ropa,
un oceáno en los bolsillos
y una revolución
creciéndome en las costillas.

Escribo al borde de los sueños,
para desatar los nudos del aire
y que el tiempo se siente a esperar.

Me invento una salida,
me borro las fronteras,
dibujo un poema que tenga
ventanas en los versos
y un corazón escondido en cada silencio.

Escribo,
tacho,
reinvento...
que hermoso error
tener tantas cosas dentro.

Escribo
para contar lo que siento.



Caos


Hubo un tiempo
con hombres poniendo alambradas
alrededor de la palabra libertad,
donde las madres cosían la boca de sus hijos
con hilo de domingo.

A las cinco, los hombres levantaban muros.
A las seis, las mujeres bajaban la mirada.
A las siete, alquien quemaba un libro.

Todo está en orden, decían...
hasta las cenizas ocupaban su sitio.

En el museo de los días perdidos
hay vitrinas llenas de obediencia,
uniformes que sueñan con cuerpos
y banderas que se agitan solas.

Quienes lo visitan añoran el tiempo
en el que el miedo tenía galones
y la mujer las puertas cerradas.

Hay quien llama tradición
a una jaula heredada
donde descansan los hombres
en cementerios de tumbas alineadas.

Y ahora vienen los herederos del polvo
a vendernos otra vez la casa en ruinas,
pintando de azul y verde las habitaciones
desde donde anuncian vistas al pasado.


Que no me devuelvan aquellos años...
No quiero sus domingos de miedo,
ni sus retratos vigilando nuestras camas,
ni un pasado con las esquinas borradas.

Y si regresan los fantasmas
con sus trajes de patria,
sus cruces de mentira,
sus promesas de orden
y sus bolsillos llenos de llaves
que no abren ninguna esperanza...
me encontrarán despierta
con la memoria afilada,
 yla ternura sublevada.

Que poco ocupa una mentira
cuando se la pronuncia despacio...
Que enorme se vuelve
cuando se la deja entrar.

Prefiero el incendio de las preguntas
a la paz de las cenizas,
porque no hay caos más peligroso
que el de un pueblo que olvida.

Derribemos el altar de los intocables,
descosamos las banderas de las heridas
y dejemos que el nombre de los desaparecidos
regresen a ocupar sus sillas vacías.

Que tiemblen los nostálgicos del látigo,
que tiemblen los guardianes del ayer
la libertad nunca ha sabido quedarse quieta,
la cultura respira,
las calles se llenan,
el pueblo despierta,
una mujer besa a otra
y el cielo no se desploma...
hermosa insurrección
que nos abre las ventanas
y se escuchan las voces de miles de gargantas
cambiando una vez más la historia.


miércoles, 28 de octubre de 2026

No sé si sabes


No sé si sabes
que hay noches que se ponen del revés,
que tengo un reloj sin horas,
un calendario donde me falta marzo
y un corazón que llega tarde
a todos los lugares dónde ya no te espero.

No sé si sabes
que a veces me despierto dentro de un sueño,
que he visto crecer raíces en el aire
y pájaros volando
en el fondo de mis ojos.

Que hay días
en los que las nubes se descalzan en mi puerta
y la luna, esa ladrona de ventanas
guarda un invierno dentro de una cerilla,
un incendio en la punta de los dedos,
un océano doblado en cuatro
debajo de mi almohada.

No sé si sabes
que he aprendido a hablar con tu ausencia
y que extraño el idioma
que inventamos para entendernos.

No sé si sabes
que a veces echo de menos
hasta lo que nunca ocurrió,
que lloro por ciudades no vistas,
por labios que no he besado
y por todas las vidas que abandoné
sin haberlas vivido.

No sé si sabes
que llevo toda la vida llegando
al lugar del que nunca he marchado,
que ya no busco respuestas
en el lado correcto de las preguntas,
que tengo un cajón donde guardo los "casi"
y una colección de puertas
que llevan a ninguna parte.

No sé si sabes
que hay una niña haciendo barquitos de papel
con las cartas que nunca recibió.





Amor


Amarte es aprender el arte de perder el norte
sin querer encontrar el camino de regreso,
es tener la piel llena de preguntas
y la respuesta temblando de deseo.

Me gustas así,
con esa forma que tienes
de desordenarme las palabras
mientras tu boca pronuncia mi nombre
y yo pierdo el nombre de las cosas.

Ya no sé si quiero que me descubras
o que me inventes de nuevo.

Amor,
curioso verbo el de quererte...
Me conjugo en presente cuando te beso
y me pierdo en futuro cuando te sueño.

No sé si quiero que me quieras,
que me leas,
que me nombre,
que me sientas...
o que me desnudes el alma
hasta encontrar la palabra
con la que acabar este poema.

SsJ




viernes, 23 de octubre de 2026

Oliver Wendell Holmes Sr.


Oliver Wendell Holmes Sr. fue un médico que ganó fama como escritor y se convirtió en uno de los poetas estadounidenses más reconocidos del siglo XIX. Nació en Cambridge, Massachusetts, el 29 de agosto de 1809… su existencia fue un puente entre la ciencia y la lírica, demostrando que el latido del corazón y el ritmo de la poesía obedecen a una misma melodía.
Criado en la atmósfera intelectual de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, Holmes perteneció a la casta de los llamados "Brahmanes de Boston"… estudió Derecho en Harvard, pero pronto descubrió que las leyes humanas eran demasiado rígidas para su curiosidad, prefirió entonces las leyes de la naturaleza y se marchó a París a estudiar Medicina, doctorándose en Harvard en 1836.
Falleció el 7 de octubre de 1894 en Boston. Oliver Wendell Holmes cruzó el siglo XIX dejando la certeza de que el conocimiento sin arte es un cuerpo sin pulso, y que la literatura, al igual que la medicina, existe para aliviar el dolor del mundo.






El lugar que amamos, ese es nuestro hogar; un hogar que nuestros pies pueden abandonar pero no nuestros corazones.





lunes, 5 de octubre de 2026

Juana Inés de la Cruz


La historia del pensamiento ha sido, durante siglos, un territorio cercado por muros teológicos y mandatos de silencio masculinos. En el siglo XVII, el Imperio Español dictaminaba que el destino de toda mujer se reducía a dos opciones implacables: la sumisión del matrimonio o la clausura del convento. Pero en medio de esa geografía de la obediencia, una mujer logró transformar las rejas de su celda en el centro intelectual de un continente. Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, universalmente conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, no fue una simple monja escritora que amenizaba las veladas de los virreyes con versos cortesanos… fue una científica, una filósofa, la mayor poeta barroca de la lengua castellana y, por encima de todo, la primera feminista de las Américas.
Nació en San Miguel Nepantla, Nueva España (el actual México), un 12 de noviembre, en un año que los historiadores sitúan entre 1648 y 1651. Vino al mundo bajo la condición de "hija de la Iglesia", un eufemismo de la época para ocultar que sus padres no estaban casados. En una sociedad rígidamente estamental y obsesionada con la legitimidad de la sangre, nacer hija natural de una mujer criolla soltera, Isabel Ramírez, era ya una marca de marginalidad. Sin embargo, en la hacienda de su abuelo en Panoaya, Juana descubrió un salvoconducto hacia la libertad… la biblioteca familiar.
A los tres años aprendió las letras y su sed de conocimiento era un fuego devorador e indomable. Su ambición no tenía fronteras de género y a los siete u ocho años, tras escuchar que en la Ciudad de México existía una universidad donde se enseñaban las ciencias, corrió a rogarle a su madre que la vistiera con ropas de hombre para poder burlar la prohibición de entrada a las mujeres y asistir a las aulas. Ante la negativa materna, se recluyó de nuevo en los libros, aprendiendo latín de forma autodidacta en apenas veinte lecciones.
Hacia 1664, fue llevada a la corte de la Ciudad de México como dama de honor de la virreina Leonor de Carreto, Marquesa de Mancera. La corte barroca quedó atónita ante aquella adolescente que componía loas, dominaba la mitología clásica y discutía de teología con la misma soltura que los viejos catedráticos.
A pesar de su triunfo cortesano, Juana Inés sabía que el palacio era una jaula de cristal con fecha de caducidad. Las presiones sociales para que contrajera matrimonio aumentaban y para una mujer de su calibre intelectual, el matrimonio en el siglo XVII no era un espacio de realización personal… era la muerte civil, el confinamiento a las labores domésticas y la sumisión legal e intelectual a la voluntad de un esposo.


Iniciando el año 1669, tras un breve paso por las carmelitas descalzas cuyo rigor físico amenazaba su salud, Juana Inés ingresó definitivamente en el Convento de San Jerónimo, tomando el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz. No lo hizo por una vocación mística arrebatada… el convento fue, en realidad, una fría decisión geopolítica ya que era el único espacio físico, social y legal de la Nueva España que le garantizaba una habitación propia, la exención de los deberes conyugales y el tiempo necesario para estudiar.
Dentro de las paredes de San Jerónimo construyó una de las bibliotecas privadas más importantes del Nuevo Mundo, un templo del saber que llegó a albergar más de cuatro mil volúmenes, además de instrumentos musicales, mapas cartográficos y aparatos científicos de astronomía y física. Su celda de dos pisos era el epicentro cultural de la Nueva España y desde allí mantenía correspondencia con los científicos más avanzados de su época, como Carlos de Sigüenza y Góngora, y recibía las visitas de los nuevos virreyes, los Marqueses de la Laguna, y especialmente de la virreina María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, la Condesa de Paredes, quien se convirtió en su protectora, su editora y la musa de sus poemas de amor más intensos y apasionados, abriendo que desafiaba los límites de la censura conventual.
Sor Juana fue de las primeras escritoras en señalar que la supuesta "debilidad" o "maldad" de las mujeres no era una condición biológica ni un pecado original, sino el resultado directo de un sistema educativo diseñado por los hombres para mantenerlas en la ignorancia y la sumisión.
El atrevimiento de Sor Juana provocó el cierre de filas del poder eclesiástico. El arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas, un misógino radical que prohibía el teatro y las lecturas profanas, unió fuerzas con el obispo de Puebla y con el confesor de la propia Sor Juana, el jesuita Antonio Núñez de Miranda y la monja se encontró completamente aislada… sus protectores, los virreyes, habían regresado a España, y la hambruna y las revueltas sociales de 1692 en la capital mexicana fueron utilizadas por los clérigos para sembrar el terror moral, sugiriendo que las desgracias del reino eran un castigo divino por la soberbia intelectual de la monja jerónima.
Tras años de acoso psicológico, amenazas de la Inquisición y una intensa presión espiritual, Sor Juana fue obligada a capitular en 1693. La obligaron a deshacerse de su inmensa biblioteca de miles de libros, a vender sus instrumentos científicos y a entregar sus bienes para obras de caridad.
La despojaron de su pluma, de sus mapas y de su voz. Dos años después de su renuncia forzada, una terrible epidemia de peste asoló la Ciudad de México y penetró en las celdas del Convento de San Jerónimo. Sor Juana, entregada al cuidado de sus hermanas enfermas, se contagió de la enfermedad y falleció el 17 de abril de 1695, a los cuarenta y seis años.
La fuerza de su escritura cruzó el océano y los siglos, convirtiéndose generaciones después en un faro para las mujeres que salieron a las calles a exigir el sufragio, el acceso a las universidades y el control sobre sus propias vidas. Su rostro ya no pertenece a la disciplina del convento ni al silencio del arzobispo… pertenece a todas las mujeres que siguen levantando la la voz para decir que el derecho a pensar y a crear es una soberanía inalienable que ningún tribunal de hombres podrá jamás confiscar.




Luego que te vi, te amé:
porque amarte y ver tu cielo
bien pudieron ser dos cosas,
pero ninguna primero.





viernes, 2 de octubre de 2026

John Keats


John Keats fue unos de los representantes del Romanticismo inglés, que nació en Finsbury, Londres, el 31 de octubre de 1795. Su vida no fue sencilla, más bien fue una penumbra constante iluminada solo por el fulgor de sus versos tras la pérdida temprana de su padre y el lento desvanecimiento de su madre a causa de la tuberculosis que sembraron en su pecho una melancolía que más tarde germinaría en arte puro.
Aunque el destino intentó confinarlo a los fríos pasillos de la medicina y la cirugía en el Guy's Hospital, la llamada de las musas no pudo ignorarla y Keats colgó el bisturí para coger la pluma, entregándose por entero a la persecución de la belleza hecha arte.
El tiempo, ese enemigo implacable, le concedió una primavera creativa tan breve como milagrosa. Entre la hostilidad de los críticos de su época y el dolor por la muerte de su hermano menor, Keats encontró en los paisajes de Hampstead y en el amor apasionado y desgarrador por Fanny Brawne el combustible para sus días más luminosos.
El 23 de febrero de 1821, en una pequeña habitación frente a la escalinata de la Plaza de España en Roma, el joven poeta cerró los ojos para siempre a los veinticinco años. Convencido de que el olvido borraría sus pasos, pidió que en su lápida se grabara el epitafio: "Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua", sin embargo, el agua se transformó en mármol eterno y hoy, John Keats pertenece al viento que aviva el fuego de los que aman la belleza y su poesía.





El tacto tiene memoria.