miércoles, 28 de octubre de 2026

No sé si sabes


No sé si sabes
que hay noches que se ponen del revés,
que tengo un reloj sin horas,
un calendario donde me falta marzo
y un corazón que llega tarde
a todos los lugares dónde ya no te espero.

No sé si sabes
que a veces me despierto dentro de un sueño,
que he visto crecer raíces en el aire
y pájaros volando
en el fondo de mis ojos.

Que hay días
en los que las nubes se descalzan en mi puerta
y la luna, esa ladrona de ventanas
guarda un invierno dentro de una cerilla,
un incendio en la punta de los dedos,
un océano doblado en cuatro
debajo de mi almohada.

No sé si sabes
que he aprendido a hablar con tu ausencia
y que extraño el idioma
que inventamos para entendernos.

No sé si sabes
que a veces echo de menos
hasta lo que nunca ocurrió,
que lloro por ciudades no vistas,
por labios que no he besado
y por todas las vidas que abandoné
sin haberlas vivido.

No sé si sabes
que llevo toda la vida llegando
al lugar del que nunca he marchado,
que ya no busco respuestas
en el lado correcto de las preguntas,
que tengo un cajón donde guardo los "casi"
y una colección de puertas
que llevan a ninguna parte.

No sé si sabes
que hay una niña haciendo barquitos de papel
con las cartas que nunca recibió.





Amor


Amarte es aprender el arte de perder el norte
sin querer encontrar el camino de regreso,
es tener la piel llena de preguntas
y la respuesta temblando de deseo.

Me gustas así,
con esa forma que tienes
de desordenarme las palabras
mientras tu boca pronuncia mi nombre
y yo pierdo el nombre de las cosas.

Ya no sé si quiero que me descubras
o que me inventes de nuevo.

Amor,
curioso verbo el de quererte...
Me conjugo en presente cuando te beso
y me pierdo en futuro cuando te sueño.

No sé si quiero que me quieras,
que me leas,
que me nombre,
que me sientas...
o que me desnudes el alma
hasta encontrar la palabra
con la que acabar este poema.

SsJ




viernes, 23 de octubre de 2026

Oliver Wendell Holmes Sr.


Oliver Wendell Holmes Sr. fue un médico que ganó fama como escritor y se convirtió en uno de los poetas estadounidenses más reconocidos del siglo XIX. Nació en Cambridge, Massachusetts, el 29 de agosto de 1809… su existencia fue un puente entre la ciencia y la lírica, demostrando que el latido del corazón y el ritmo de la poesía obedecen a una misma melodía.
Criado en la atmósfera intelectual de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, Holmes perteneció a la casta de los llamados "Brahmanes de Boston"… estudió Derecho en Harvard, pero pronto descubrió que las leyes humanas eran demasiado rígidas para su curiosidad, prefirió entonces las leyes de la naturaleza y se marchó a París a estudiar Medicina, doctorándose en Harvard en 1836.
Falleció el 7 de octubre de 1894 en Boston. Oliver Wendell Holmes cruzó el siglo XIX dejando la certeza de que el conocimiento sin arte es un cuerpo sin pulso, y que la literatura, al igual que la medicina, existe para aliviar el dolor del mundo.






El lugar que amamos, ese es nuestro hogar; un hogar que nuestros pies pueden abandonar pero no nuestros corazones.





lunes, 5 de octubre de 2026

Juana Inés de la Cruz


La historia del pensamiento ha sido, durante siglos, un territorio cercado por muros teológicos y mandatos de silencio masculinos. En el siglo XVII, el Imperio Español dictaminaba que el destino de toda mujer se reducía a dos opciones implacables: la sumisión del matrimonio o la clausura del convento. Pero en medio de esa geografía de la obediencia, una mujer logró transformar las rejas de su celda en el centro intelectual de un continente. Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, universalmente conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, no fue una simple monja escritora que amenizaba las veladas de los virreyes con versos cortesanos… fue una científica, una filósofa, la mayor poeta barroca de la lengua castellana y, por encima de todo, la primera feminista de las Américas.
Nació en San Miguel Nepantla, Nueva España (el actual México), un 12 de noviembre, en un año que los historiadores sitúan entre 1648 y 1651. Vino al mundo bajo la condición de "hija de la Iglesia", un eufemismo de la época para ocultar que sus padres no estaban casados. En una sociedad rígidamente estamental y obsesionada con la legitimidad de la sangre, nacer hija natural de una mujer criolla soltera, Isabel Ramírez, era ya una marca de marginalidad. Sin embargo, en la hacienda de su abuelo en Panoaya, Juana descubrió un salvoconducto hacia la libertad… la biblioteca familiar.
A los tres años aprendió las letras y su sed de conocimiento era un fuego devorador e indomable. Su ambición no tenía fronteras de género y a los siete u ocho años, tras escuchar que en la Ciudad de México existía una universidad donde se enseñaban las ciencias, corrió a rogarle a su madre que la vistiera con ropas de hombre para poder burlar la prohibición de entrada a las mujeres y asistir a las aulas. Ante la negativa materna, se recluyó de nuevo en los libros, aprendiendo latín de forma autodidacta en apenas veinte lecciones.
Hacia 1664, fue llevada a la corte de la Ciudad de México como dama de honor de la virreina Leonor de Carreto, Marquesa de Mancera. La corte barroca quedó atónita ante aquella adolescente que componía loas, dominaba la mitología clásica y discutía de teología con la misma soltura que los viejos catedráticos.
A pesar de su triunfo cortesano, Juana Inés sabía que el palacio era una jaula de cristal con fecha de caducidad. Las presiones sociales para que contrajera matrimonio aumentaban y para una mujer de su calibre intelectual, el matrimonio en el siglo XVII no era un espacio de realización personal… era la muerte civil, el confinamiento a las labores domésticas y la sumisión legal e intelectual a la voluntad de un esposo.


Iniciando el año 1669, tras un breve paso por las carmelitas descalzas cuyo rigor físico amenazaba su salud, Juana Inés ingresó definitivamente en el Convento de San Jerónimo, tomando el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz. No lo hizo por una vocación mística arrebatada… el convento fue, en realidad, una fría decisión geopolítica ya que era el único espacio físico, social y legal de la Nueva España que le garantizaba una habitación propia, la exención de los deberes conyugales y el tiempo necesario para estudiar.
Dentro de las paredes de San Jerónimo construyó una de las bibliotecas privadas más importantes del Nuevo Mundo, un templo del saber que llegó a albergar más de cuatro mil volúmenes, además de instrumentos musicales, mapas cartográficos y aparatos científicos de astronomía y física. Su celda de dos pisos era el epicentro cultural de la Nueva España y desde allí mantenía correspondencia con los científicos más avanzados de su época, como Carlos de Sigüenza y Góngora, y recibía las visitas de los nuevos virreyes, los Marqueses de la Laguna, y especialmente de la virreina María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, la Condesa de Paredes, quien se convirtió en su protectora, su editora y la musa de sus poemas de amor más intensos y apasionados, abriendo que desafiaba los límites de la censura conventual.
Sor Juana fue de las primeras escritoras en señalar que la supuesta "debilidad" o "maldad" de las mujeres no era una condición biológica ni un pecado original, sino el resultado directo de un sistema educativo diseñado por los hombres para mantenerlas en la ignorancia y la sumisión.
El atrevimiento de Sor Juana provocó el cierre de filas del poder eclesiástico. El arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas, un misógino radical que prohibía el teatro y las lecturas profanas, unió fuerzas con el obispo de Puebla y con el confesor de la propia Sor Juana, el jesuita Antonio Núñez de Miranda y la monja se encontró completamente aislada… sus protectores, los virreyes, habían regresado a España, y la hambruna y las revueltas sociales de 1692 en la capital mexicana fueron utilizadas por los clérigos para sembrar el terror moral, sugiriendo que las desgracias del reino eran un castigo divino por la soberbia intelectual de la monja jerónima.
Tras años de acoso psicológico, amenazas de la Inquisición y una intensa presión espiritual, Sor Juana fue obligada a capitular en 1693. La obligaron a deshacerse de su inmensa biblioteca de miles de libros, a vender sus instrumentos científicos y a entregar sus bienes para obras de caridad.
La despojaron de su pluma, de sus mapas y de su voz. Dos años después de su renuncia forzada, una terrible epidemia de peste asoló la Ciudad de México y penetró en las celdas del Convento de San Jerónimo. Sor Juana, entregada al cuidado de sus hermanas enfermas, se contagió de la enfermedad y falleció el 17 de abril de 1695, a los cuarenta y seis años.
La fuerza de su escritura cruzó el océano y los siglos, convirtiéndose generaciones después en un faro para las mujeres que salieron a las calles a exigir el sufragio, el acceso a las universidades y el control sobre sus propias vidas. Su rostro ya no pertenece a la disciplina del convento ni al silencio del arzobispo… pertenece a todas las mujeres que siguen levantando la la voz para decir que el derecho a pensar y a crear es una soberanía inalienable que ningún tribunal de hombres podrá jamás confiscar.




Luego que te vi, te amé:
porque amarte y ver tu cielo
bien pudieron ser dos cosas,
pero ninguna primero.





viernes, 2 de octubre de 2026

John Keats


John Keats fue unos de los representantes del Romanticismo inglés, que nació en Finsbury, Londres, el 31 de octubre de 1795. Su vida no fue sencilla, más bien fue una penumbra constante iluminada solo por el fulgor de sus versos tras la pérdida temprana de su padre y el lento desvanecimiento de su madre a causa de la tuberculosis que sembraron en su pecho una melancolía que más tarde germinaría en arte puro.
Aunque el destino intentó confinarlo a los fríos pasillos de la medicina y la cirugía en el Guy's Hospital, la llamada de las musas no pudo ignorarla y Keats colgó el bisturí para coger la pluma, entregándose por entero a la persecución de la belleza hecha arte.
El tiempo, ese enemigo implacable, le concedió una primavera creativa tan breve como milagrosa. Entre la hostilidad de los críticos de su época y el dolor por la muerte de su hermano menor, Keats encontró en los paisajes de Hampstead y en el amor apasionado y desgarrador por Fanny Brawne el combustible para sus días más luminosos.
El 23 de febrero de 1821, en una pequeña habitación frente a la escalinata de la Plaza de España en Roma, el joven poeta cerró los ojos para siempre a los veinticinco años. Convencido de que el olvido borraría sus pasos, pidió que en su lápida se grabara el epitafio: "Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua", sin embargo, el agua se transformó en mármol eterno y hoy, John Keats pertenece al viento que aviva el fuego de los que aman la belleza y su poesía.





El tacto tiene memoria.





jueves, 17 de septiembre de 2026

El cuerpo donde habito | Microcuentos


El cuerpo donde habito es un libro de microcuentos que se van escribiendo desde la piel, el sueño y la memoria. Cada uno es una grieta por la que entra la luz, una palabra que se atreve a decir lo que muchas veces se calla.
A través de ellos recorreré el cuerpo como territorio, la herida como aprendizaje, el amor como refugio y la identidad como acto consciente. Hay silencio, deseo, resistencia y ternura... hay mujeres que caminan, que aman, que se nombran y que se quedan.
Este es un libro para leerse despacio, como quien se reconoce en un espejo... porque habitar el cuerpo también es una forma de escribir el mundo.



I. EL DESPERTAR

1.
Soñé que mi nombre flotaba sobre el agua.
Cada vez que alguien lo pronunciaba, el lago cambiaba de color y yo aprendía a respirar debajo.

SsJ



2.
La noche me habló con voz de mujer antepasada.
Me dijo que no tuviera miedo de la oscuridad, porque allí también nacen las flores.

SsJ



3.
Crecí dentro de una casa hecha de relojes rotos.
Por eso aprendí pronto que el tiempo no siempre avanza... a veces simplemente recuerda.



4.
Había pájaros viviendo en mi pecho.
No cantaban, pero batían las alas cada vez que el mundo intentaba encerrarme.


5.
El sueño se me quedó corto y tuve que inventar otro.


6.
Me dormí siendo una y desperté siendo muchas.
Todas yo.
Todas vivas.


7.
Las palabras se me caían de las manos y germinaban en el suelo.
Nadie entendía por qué el jardín hablaba.


8.
El día abrió los ojos a la vez que yo.
Durante un instante, nadie supo quién despertaba a quién.


9.
La lluvia cayó sobre la ciudad
como si alguien estuviera intentando borrar el pasado,
pero hay recuerdos que no se disuelven en el agua.


10.
Abrí la ventana para que entrara el viento
y se llevó tus palabras.



11.
Guardé tu recuerdo en el lugar más profundo del pecho.
A veces, cuando respiro muy despacio, todavía puedo oírlo.


12.
Guardé mis sueños en frascos de cristal.
Algunos aún laten esperando la noche.


13.
La ciudad dormía y yo caminaba dentro de un poema que nadie había escrito.


14.
La lluvia cayó durante horas sobre la ciudad.
Apagué la luz, pero la noche ya estaba dentro.


15.
Dos mujeres se besaban en mitad de la calle.
La ciudad, por un instante, dejó de fingir que no entendía el amor.



II. LA HERIDA

16.
Nos miramos sabiendo que el mundo no estaba hecho para nosotras.
Aun así, nos quedamos y seguimos bailando.



17.
Había un bosque creciendo en mi espalda.
Nadie me enseñó a cuidarlo pero aun así, floreció.


18.
La noche me cosió los párpados con hilos de sombra y silencio para que dejara de buscarte en el vacío de la habitación.


19.
Escribí mi historia con tinta invisible en el reverso de tus cartas.
Cada vez que las leas estarás sosteniendo todo aquello que nunca me atreví a decirte.



20.
El viento me contó secretos,
me habló de ciudades que nadie ha visitado
y de nombres que ya no pertenecen a nadie,
dejándome los oídos llenos de un polvo que sabe a olvido.


21.
Las cicatrices se me abrieron como pétalos de una flor nocturna
que solo florece en el olvido.
Eran las costuras de mi alma cediendo ante la belleza,
eco de tus promesas que naufragan contra las rocas de mi memoria.


22.
Hay noches en las que el silencio pesa tanto
que una podría jurar que el mundo se ha detenido.
Solo el recuerdo de tu voz devuelve al universo
el pulso para seguir girando.


23.
Nos quisimos como se quieren las tormentas:
sin pedir permiso,
sin medir las consecuencias,
entregándonos al estruendo sabiendo, desde el primer relámpago,
que el único destino posible era el naufragio.



24.
El invierno llegó temprano aquel año.
Las calles se llenaron de frío
y mi corazón de preguntas
que ya no tenían tu voz para responderlas.



25.
Recorrí tantos mapas ajenos
que terminé tropezando conmigo misma.


26.
Abrí la puerta esperando silencio
y me abrazó una vida entera respirando al otro lado.


27.
Me senté a esperar que algo pasara
hasta que entendí que ya estaba ocurriendo.


28.
La noche cayó sobre la ciudad en guerra
mientras caminaba descalza sobre la tierra húmeda. Desde entonces, cada paso me recuerda un nombre.


29.
Me dijeron que esperara...
Elegí moverme.


30.
Cada otoño el árbol perdía las hojas.
Nadie sabía que también
dejaba caer los recuerdos.
Por eso cada primavera volvía a florecer.




III. LA REVELACIÓN

31.
Inventé un idioma
donde la lluvía escribía los verbos
y las montañas respondían con ecos.



32.
Mientras dormía,
alguien cosió la luz con hilo de luna
y cambio de sitio mis inviernos.



33.
La descubrí el día que dejé de cerrar los ojos.
No iluminaba el mundo,
iluminaba el camino de regreso
y hacía florecer la noche.



34.
Una mujer venía cada martes
y siempre pedía café para dos.
Desde entonces
los martes me saben a espera,
mientras fuera llueve
y la taza sigue humeando.



35.
Tenía una caja llena de billetes de tren,
fotografías y llaves que no abrían ninguna puerta. 
Recuerdos...
pequeñas formas de regresar
sin tener que volver.



36.
Me dejaba notas dentro de los libros.
En una ponía "página 47",
otra "mira por la ventana"
y otra simplemente decía... "quédate".



37.
Mi vecina tenía un jardín
donde solo crecían plantas
que habían sido rechazadas en otros jardines.
Allí había rosas sin olor,
árboles torcidos
y una higuera que nunca daba higos.



38.
La guerra llegó a nuestras vidas
sin tanques ni soldados.
Primero desaparecieron las flores de los balcones,
después los nombres de las calles,
las personas dejaron de saludar a sus vecinos.
Cuando quise marcharme...
descubrí que también
habían desaparecido los caminos.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

J. D. Salinger


J. D. Salinger fue el gran fantasma de la literatura estadounidense del siglo XX, un escritor que alcanzó un éxito monumental y sísmico para luego atrincherarse en el silencio absoluto. Su novela cumbre se convirtió en el manifiesto definitivo de la alienación juvenil, la rebeldía y el desencanto, transformando a su protagonista en el espejo de millones de adolescentes de todo el planeta, sin embargo… Salinger decidió que la única forma de proteger su pureza artística era desaparecer de la vida pública.
Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York, en el seno de una acomodada. Su infancia transcurrió en elegantes apartamentos de Park Avenue, pero su carácter esquivo, cínico e hiperbólico ya le causaba problemas en las aulas, siendo enviado a la Academia Militar de Valley Forge. Allí, escondido bajo las sábanas con una linterna, comenzó a redactar sus primeros relatos cortos de noche.
Tras pasar por varias universidades sin graduarse, su vida sufrió una fractura irreversible con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Salinger se alistó en el ejército y desembarcó en la playa de Utah el Día D, participando en algunas de las batallas más sangrientas del frente europeo, incluida la liberación de los campos de concentración nazis. El impacto psicológico y el horror de la guerra lo llevaron a sufrir una severa crisis nerviosa (estrés postraumático) por la que tuvo que ser hospitalizado en Alemania. Durante toda la campaña militar, Salinger llevó consigo en su mochila los borradores de una novela que cambiaría su destino.
Aterrado por la fama, acosado por los periodistas y obsesionado con que la atención pública hacia su persona contaminaba la lectura de sus textos, Salinger tomó una decisión radical en 1953… compró una granja aislada en mitad de los bosques de Cornish, Nuevo Hampshire, y levantó una valla en torno a su vida.
Pasó las siguientes cinco décadas recluido en un búnker de silencio, entregado al misticismo oriental, el budismo zen y la escritura diaria, pero prohibiendo estrictamente que se publicara una sola línea más de su trabajo. Rechazó ofertas millonarias de Hollywood y persiguió judicialmente en los tribunales a cualquiera que intentara publicar biografías o cartas suyas no autorizadas. Protegido por sus vecinos y su hermetismo, el gran misterio de las letras norteamericanas se apagó el 27 de enero de 2010, a los 91 años.
J. D. Salinger entendió que la única forma de salvar a Holden Caulfield de la voracidad del mundo era esconderse con él en la penumbra de los bosques de Nuevo Hampshire. El guardián definitivo de la inocencia apagó su máquina de escribir dejando una herencia blindada contra el tiempo y un puñado de páginas inmortales que siguen dándonos la mano en mitad de la noche.





Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que se ha sentido confundida y asustada e incluso asqueada por el comportamiento humano. No estás solo en ese sentido, te emocionará y estimulará saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan perturbados moral y espiritualmente como ustedes lo están ahora. Felizmente, algunos de ellos llevaban un registro de sus problemas. Aprenderás de ellos, si quieres. Al igual que un día, si tienes algo que ofrecer, alguien aprenderá algo de ti. Es un hermoso arreglo recíproco. Y no es educación. Es historia. Es poesía.