A mitad de camino
descubrí que no era tarde ni temprano,
que no había llegada ni regreso,
solo el temblor de seguir avanzando
con las manos llenas de dudas
y el corazón todavía despierto.
A mitad de camino
el suelo empezó a respirar,
y comprendí que no avanzaba sobre tierra firme,
sino sobre recuerdos y promesas
que aún no sabían su nombre.
Las señales se deshicieron como humo,
los relojes perdieron el pulso
y el tiempo dejó de preguntarme a dónde iba.
Solo quedaba el gesto de seguir,
ese impulso extraño
que nace cuando todo tiembla
y aun así eliges seguir caminando,
dar un paso más,
aunque no veas el final.
A mitad de camino
aprendí a soltar los mapas heredados,
a caminar sin promesas ajenas,
a escuchar mi propia voz
entre el ruido del mundo
y las certezas que ya no me nombran.
A mitad de camino
me encontré conmigo
sentada al borde del cansancio,
con los bolsillos llenos de ausencias
y una luz pequeña, obstinada,
guardada en el pecho.
A mitad de camino
dejé de pedir permiso al miedo,
me quité el peso de lo que no fui,
y entendí que las cicatrices
son señales de que estuve viva.
A mitad de camino
no se elige el destino,
se aprende a caminar
mientras el mundo se transforma
debajo de tus pies.

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