Elena Garro, nacida como María Elena Carballido Garro el 11 de diciembre de 1916 en Puebla (México), fue una de las escritoras más importantes y singulares de la literatura mexicana del siglo XX. Narradora, dramaturga y ensayista, su obra se adelantó a su tiempo por la forma en que abordó la memoria histórica, el poder, la violencia, la opresión social y la condición de las mujeres. Desde joven mostró una gran sensibilidad literaria y una mirada crítica hacia la realidad que la rodeaba.
En 1940 se casó con el poeta Octavio Paz, con quien tuvo una hija, Helena Paz Garro. Aunque durante años fue leída a la sombra de esa relación, Elena Garro desarrolló una voz propia, poderosa y original.
Aunque a veces se la asocia con el realismo mágico, su obra tiene una identidad propia, más ligada a la memoria, el desarraigo y la injusticia social que a lo puramente fantástico.
Su vida estuvo marcada por la controversia política. Tras los conflictos sociales y estudiantiles de finales de los años sesenta y principios de los setenta, fue señalada y quedó prácticamente marginada del ámbito cultural mexicano... esto la llevó a pasar largos años en el exilio, principalmente en Europa, en condiciones económicas difíciles. A pesar de ello, nunca dejó de escribir ni de reflexionar sobre la historia, la traición, el miedo y el silencio.
Regresó a México en la década de 1980, cuando su figura comenzó a ser lentamente recuperada y revalorizada. Falleció el 22 de agosto de 1998 en Cuernavaca, México. Su escritura, lúcida y valiente, sigue incomodando y cuestionando, recordándonos que la memoria es una forma de resistencia y que la literatura también puede ser un acto de justicia.
Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros. Durante unos segundos vuelven a las horas que guardan su infancia y el olor de las hierbas, pero ya es tarde y tienen que decir adiós y descubren que en un rincón está su vida esperándoles y sus ojos se abren al paisaje sombrío de sus disputas y sus crímenes y se van asombrados del dibujo que hicieron con sus años. Y vienen otras generaciones a repetir sus mismos gestos y su mismo asombro final.


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