martes, 3 de octubre de 2017

Ángeles Caso

Ángeles Caso es una escritora y periodista española que nació el 16 de julio de 1959 en Gijón.







Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera.Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que solo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.



Siempre hubo mujeres valientes y decididas que pensaron, imaginaron e inventaron, que empuñaron valientemente la pluma, el pincel, la gubia o el violonchelo para escribir, pintar, esculpir y hacer música, pero casi todas fueron empujadas durante siglos al limbo del olvido.




Las reputaciones intachables han causado sin duda tantos estragos en la historia del mundo
como algunas armas afiladas.




Es penoso como la memoria se empeña a veces en pisotear nuestra vida. La utiliza como su campo de pruebas, como un caballo galopando en un lodazal, y nos amarga el presente, arrasándolo, y nos destruye la esperanza de un futuro en paz. Es difícil aprender a vivir lejos de su mira, aislados de su tiranía. Es difícil levantarse por la mañana y decir hoy es hoy, sin ataduras, solo existe este momento presente, este día que se extiende ante mí, con su luz y su oscuridad, y nada de los sucedido ni lo que deba suceder después proyectará ni un instante de sombra sobre él. Vamos llevando a rastras los recuerdos, los empujamos como Sísifo una y otra vez hasta la cumpre de la montaña para ver como caen de nuevo a nuestros pies y nos obligan a volver a comenzar.






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